Alcantarillas

Pasar unas horas bajo tierra resulta una experiencia liberadora y, me atrevería a decir, rejuvenecedora. No, no es que sea una persona mayor, pero ya sabe, los años pesan para todos. Cuando me refiero a bajo tierra, no significa en un ataud, no señor. Quiero decir, adentrarse en las alcantarillas, con el hedor y el agua mugrienta compuesta por residuos y desechos y restos de defecaciones y demás. No piense que soy un cerdo, como la protagonista del libro Marranadas de Darrieussecq, no señor. En el fondo, se lo resumiré de la siguiente forma. Creo, con todos mis respetos, que mucha de la gente que me rodea es bastante estúpida, hipócrita y fea en cuanto a la composición del alma. Por cosas de mi trabajo, del barrio en el que vivo, de mis conocidos y amigos, tengo que codearme constantemente con esta gente, que empaña mi buen humor y substrae mi energía positiva. ¿Me sigue, verdad?. Volviendo a lo de las alcantarillas, ¿se imagina usted a la gente fea de alma en un sitio pestilente y sucio?. Por eso, mi querido señor, me paso ahí horas y horas en silencio, oliendo a mierda, meado, a lo que nadie quiere. ¿Me entiende, verdad?

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