48 horas en Ibiza (II) La repelencia austríaca y cómo pasar el rato en el mayor club del mundo

Me pongo las Ray-Ban para evitar mostrar unos ojos hostiles y nada motivados con el encuentro de la  jefa de la organización del viaje. La bebida energética Turbo, que nos paga el jaleo de 48 horas en Ibiza, ha contratado a una empresa austríaca para que gestione nuestra estancia. Eso lo descubro tras nuestro desembarco en el aeropuerto de la isla, cuando la chica rubia, guapa y simpática que nos recibe de primeras nos presenta a un muermo Rottenmeier que lleva toda una vida sin saber gesticular. Se presenta amablemente pero con su expresión facial nos da a entender algo así como: «conozco a los periodistas como vosotros, que venís a por juerga fácil y dos días de gorra. Bueno, no tengo nada en contra, salvo que hagáis todo lo que nos dé la gana. Ibiza no os pertenece, vosotros nos pertenecéis a nosotros. Nos suben a una camioneta con el logo de Turbo y un conductor de pintas soviéticas con tatuajes del montón —tribales y sucedáneos— que pone alguna radio enfermiza que nos ametralla con un house tan infumable como las rebajas del Zara. 
¡Vaya foto de mierda! Apuesto a que los posibles Djs winners del concurso que nos trae a la isla mercablanca tendrán una idea así de su profesión en la cabeza. Pero, quién sabe, igual tenemos a un Mike Banks infiltrado y con ganas de reventarlo todo desde dentro. 
Al llegar, nuestra jefa austríaca no para de quejarse. Achaca cualquier retraso o imprevisto al carácter español. Resoplando, no se corta un pelo con el "You know, is Spain". En esas que, tras un par de sobradas de este palo, mientras mis compañeros de profesión miran el whatsapp de reojo o sacan fotos borrosas de la piscina del hotel, le suelto:
Hey, you, granny, calm down. Te lo explico de la siguiente manera. Si esto es un desastre tan absoluto, ¿por qué putas no montáis este evento en algún fabuloso pueblo del interior de tu país? Apuesto que ahí todo llega a la hora, ¿no? Todo menos el sol, la peñica buena y un club que ponga algo diferente a bailes regionales. O lo tomas o lo dejas. Pero basta de mamonear. Aquí todos hemos llegado puntuales y mis drogas no las han encontrado en el control del aeropuerto.
La Granny Dictator no entiende una mierda de lo que le digo, así que cree que le estoy preguntando de dónde es de Austria. Me responde con un nombre impronunciable. Bebo Turbo gratis y escucho con atención el plan. Nos dejan un rato para ir a las habitaciones y luego, puntuales, cómo no, tenemos que irnos para el club más grande del mundo a recibir a los rockstars, los patronos que supervisan a los aspirantes a ser Djs. El prestigioso (risas) concurso mundial está ya en una fase avanzada y nos toca contar a nuestros respectivos medios —Vanity Dust Techno News, en mi fraudulento caso— cómo está el asunto. 
Lo que no sabíamos es lo tedioso de pasarnos tres horas en el Gigantic Club sin hacer nada en concreto. Pero, eh, eso sí, al pie del cañón para cuando llegue la exclusiva —risas—. Dicho esto, en la piscina del hotel había una tía que vi desde la habitación con tetas operadas tomando el sol y braseando sus neuronas a la intemperie. 
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