48 horas en Ibiza (I) Madrugón hostil y confuso ritual antes del embarque

Lo peor que puede ocurrirme en un viaje de prensa no es que pierda el vuelo de avión. Lo jodido es que el vuelo sea a las putas 6 de la mañana y que tenga la bondad de llegar puntual al aeropuerto. Es una clásica venganza de los departamentos de comunicación que montan los eventos. Esto es lo que está colgado en la nevera compartida de su departamento:
«Recordad, los periodistas a los que contratamos para que cubran nuestros eventos son unos vagos vividores que se aprovecharán de nosotros para luego hacer una reseña mediocre de nuestra movida. Lo peor es que les necesitamos. Lo mejor, ¡que madruguen y suden su puto MacBook de los cojones!»
Y por eso siempre sales a vuelos de alto trolleo horario. En el aeropuerto de Barcelona suelo llevar a cabo varios rituales:
1. Comprar en las máquinas de MacDonald's un cortado por 1€. No tiene que molar demasiado ver que la propia empresa va poniendo más máquinas y que tus compañeros se van yendo. Así que intento jugar a un doble filo: pido por máquina pero luego finjo necesitar otro azucarillo, cosa que, obviamente, solo una persona real puede solucionar rápido.
2. Entrar en el Springfield y mirar todas las prendas de tío pero con cara de enojado, como de profunda decepción. Algo así como la cara que pones cuando ves 2 girls 1 cup. Suele despertar malestar entre alguna dependienta que, de todos modos, prefiere no intervenir. Así es una gran parte de nuestra contemporaneidad: veo algo un poco marronero peeero prefiero no intervenir. Eh, quiero decir, que si quisiese lo haría, puede que lo haga. Ahora no. Ya. Luego, antes de salir de la tienda profundamente decepcionado, comento en caja buscando complicidad: qué guay que la tienda se llame como el pueblo de los Simpson, ¿no?
3. Fumar. Fumar. Fumar. 
4. Preguntar por libros de actualidad política en el Replay. Esta vez fue así: «Oigan. Ahora que está ocurriendo todo esto de Pablo Church y WeCan en España, que ya era hora ¿tendrán algún libro que hable sobre comunidades libertinas y autogestionadas centradas en el cultivo del caucho?
5. El más breve y que simbólicamente me hace más ilusión: entrar en la tienda Esigual y sacar un trapo de colores pillado de mi cocina y llevarlo al mostrador como si quisiese comprarlo. La chica de la caja lo agarra para ir a buscar el código y ve, algo sorprendida, que no es una prenda de la tienda: «cielo, es para ti. Que con tanto aire acondicionado aquí debes tener el deepthroat hecho polvo. Take care. Volveré.»
Hora de embarcar (llego tarde por culpa de este ritual que cada año se me va un poco más de madre). Al hacer el checkin vi que dos periodistas más venían de Barcelona y en el mismo vuelo. Los busco con la mirada pero lo único que veo son chonis sueltas algo ilusionadas por su esperado veranito de currete en Ibiza. Les deseo lo mejor desde mis adentros, confiando en que este sea el año del braguetazo y por fin puedan seducir a hombres de la talla de Frankie Wilde:

Quién pudiese pillar a un Dj así de pro, eh. 

Por alguna extraña razón, los empleados de Peting se ríen mientras hacen la última llamada del embarque. Ya dentro, sentado y listo para leer un poco el último número de El Estado Mental, conozco a los otros dos reporters del viaje: Nasty Journalist (NJ) y Herald Rasta (HR). El primero tiene un fino sentido del humor y es un tipo ordenado y de bien que a) podría ser un cleptómano de alto standing o b) podría tener un pasado eclesiástico pero que seguramente c) le mola bastante liarla pero sin mancharse las manos. Por otro lado tenemos a HR, reconocible a tres kilómetros porque —gag fácil— sus rastas miden algo parecido, motivo por el cual las ha tenido que facturar y pagar equipaje extra. Lo que más entrañable me resulta a primera vista es su condición de alborotador. Con una naturalidad envidiable es capaz de poner a medio avión a buscar por el suelo unas monedas de euro que ha perdido para luego decir: «¡eh! y se me ha caído también una pirula roja, si la veis debuti. ¡Y si os la tomáis, vaya viajecito os espera! ¡JOJO!»
Despegamos. Son las 8 de la mañana. Madre mía la que estaba por venir.
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