¿A ti también te persigue la familia Apple todo el día?

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Intuyo que debe haber algún ritual para salir de esto, de mi estúpida y ridícula manera de escabullirme de mi propia dignidad y de la sumisa manera de dejarme brasear el cerebro por los azarosos estertores de los distintos miembros de la familia Apple. Todos tienen algo que decir, cada cual a su manera, cada cual con su puto push o las preferencias que vienen de serie en cada app que lloriquea con expresiones ingeniosas y abrazables frases hechas en inglés para que la instale y luego me olvide de ella. Sí, esas apps, las mismas que comparten y trackean parte de mi actividad online sin que apenas pueda hacer nada para evitarlo, salvo borrarlas con queroseno y esperar un par de años a que la anarquía en el mundo de la telefonía móvil y las redes reine tras el fracaso del control totalitario que Apple y demás están ganándose a pulso. No, Apple, no puedes dejar que el FVY decida desvirgar a ninguno de tus miembros, y mucho menos al más pequeño de todos y elegido a discreción. Si le dices al consumidor que con tus aparatos puede hacerlo todo, pero que hay alguien más poderoso que él que puede hacerlo todo incluso contra su propia voluntad, estás llamando a Hobbes y a su Leviatán para que controlen a tu cliente, que ya no se cree ni se creerá ni un solo anuncio minimalista que haría llorar de risa a Don Draper (imagino que solo aceptaría anuncios Apple para anunciar lavadoras del futuro) y mataría del aburrimiento a cualquier aprendiz de publicista con un par de lecturas contraculturales. ¿Qué hace la familia Apple en mi vida? Al parecer ser, de todo, cada vez más cosas, tienen muchas ganar de llevarse bien conmigo y mis quehaceres diarios. Como cuando alguien a quien acabas de conocer se ofrece para llevarte en coche, quitarte la chaqueta, retocarte la barba, revisar si alguien te sigue por detrás, comprobar que todos tus recibos bancarios estén al día y si hay algún producto en el súper que esté de oferta y que, humildemente pero con autoridad, considere que sería un grave error por tu parte no comprarlo (aprovechando que no llueve ni lloverá en lo que -según dice el tipo recién conocido- será de tarde. Viéndolo así, la familia Apple es bastante histriónica, extremadamente histérica y repelente, y cuando bajas la guardia de tus filtros de negación te han metido a uno de los suyos limpiando el polvo de tu memoria, de tus pupilas, de tu retina, de tu paciencia. Cuando quieres desprenderte de algo, puedes hacerlo por las buenas, por las malas, o sencillamente llegar a un pacto de no intervención en el que se respetan los espacios.

El ritual que estaba buscando empieza, efectivamente, por acariciar los altavoces, la mesa de sonido, los graves, apartar al pequeño de la familia Apple y dejar que suene algo que ningún anuncio de su estirpe toleraría jamás. Una vez ocupado el espacio acústico con una actitud beligerante y anticompasiva (estamos hablando de no tener compasión con una familia de putos aparatos electrónicos diseñados en una parte del mundo por unos millonetis y producidos en la otra parte del mundo por un país postsoviético que, además, reúne todas las condiciones para socavar la economía mundial, de nuevo, y jaleado por el descontrol que nos llevaría, once again, al país donde se diseñan en probeta los miembros de la familia Apple.

Primero, desplegar el sonido. En segundo lugar, el ejercicio que acabáis de ver: llevaba buscando estos tres párrafos mucho más de lo que pensaba, casi hasta el punto de sentirme sin conexión, de la buena, la que sí tiene que ver con algo vital. Llegados hasta aquí, gracias por acompañarme en este viaje seudoexorcista. Gracias por vuestra red.

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