23 - 64

No es lo mismo pasar un fin de semana solo a los 23 que a los 64. A los veinte, te puedes permitir multitud de hábitos perniciosos y licencias de toda índole, y sigues soñando y creyendo en lo que haces. El fracaso no amenaza con sepultar el tiempo que te dedicas a tí mismo. A los sesenta, te defines entre la categoría de la vida aprovechada y relativamente satisfactoria o la prescindibilidad de tu existencia.
Me he acostado a las 6 de la mañana, he visto la meteórica carrera de Ian Curtis, he terminado de leer a John Fante, y me hallo desmenuzando el ensayo “La intimidad del espectáculo”, obra de vanguardia que analiza el complejo comportamiento del hombre en la Red y el poder de las empresas que lo permiten; hay que saber dónde nos estamos metiendo.
Tengo preparado un nuevo vídeo para Vanity Prism y un remix de Sonido Total hecho con Live. La fórmula no es complicada, mi nivel no es nada fuera de lo común: aprovechar el maldito tiempo perdido, sonsacarle a las agujas del reloj horas de puro éxtasis, de creación visceral, de locura posestética y someter la tecnología y obligarla a prostituirse para el regozijo particular dejando, claro está, el puto libro electrónico en el FNAC, Corté Inglés, MediaMarkt (bueno, no creo que lo vendan en este sitio) muerto de asco y excesivas pretensiones.
El papel, tanto el de liar como el de los libros, es esencial y lo será. En la medida en que de mí dependa, el cacharro con cargador y pantalla plana que sirve para leer, se lo pueden meter por el recto.
Ha sido un acierto comprar las estanterías de color negro y la mesa de blanco esmaltado. Altavoces negros y ordenador blanco. Los contrastes siempre han casado con el interiorismo minimalista.
Los libros los dejo en la mesita negra, como el no mencionado anteriormente “Los que vienen detrás y otros relatos” de Vicente Muñoz Álvarez (2002, DVD ediciones).
Regresando al diario intimista, que acertadamente Paula Sibilia define como uno de los éxitos del Show del Yo, ayer tuve el placer de charlar con Sebastián, mi gran amigo de la infancia en el pueblo, líder indiscutible de la pandilla. Acaba de montar un taller de reparación él solo, sin ayuda de los bancos (puta crisis) ni de contactos. Repara Touaregs y Seat Ibiza sin despeinarse. Imposible calificarlo de obrero o de capitalista, pese a ser un poco de las dos cosas. Es un Superhombre del campo, alejado de la vagancia hegemónica, se ensucia las manos a diario y lucha para llegar a fin de mes con su mujer, para pagar su casa de dos pisos y el coche que, cómo no, mola. Si nuestra generación tuviera tan claro lo que es el trabajo, no habría ni tantas violaciones ni suicidios ni reaguetton ni botellón y, ya lo creo, las cosas irían un poco mejor.
Para no sentirme mal-cosa me ocurre muy de vez en cuando- considero que Sebastián se dedica a aquello que mejor sabe y yo me dedico a aquello que me mantiene con vida, considerando ambas actitudes loables en este planeta de muertes injustas y muertos vivientes.
Ha sido un feliz, productivo, contemplativo y etílico fin de semana.
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