jueves, 30 de septiembre de 2010

El neón del furgón blindado. I love strike tunning

Los furgones de policía son soberanamente aburridos. Sosos, grises. No dan miedo. Aburren. Son una especie de cacharro con ruedas cuadrado sin personalidad. Ni siquiera un pequeño alerón fantasioso que dejara abierta la puerta la estética deportiva. Ayer noche decidí comprar uno en una página de policías retirados que venden sus cosas robadas de segunda mano.

Me lo trajeron esta mañana unos transportistas sobornados y muy esquiroles que no hicieron huelga. Al llegar, lo pinté de rosa y le puse unas manchas blancas al estilo vaca lechera suiza. El sonido del claxon lo cambié por un alarido de un amigo que toca en un grupo de Punk defenestrado. Le puse unos nenones violetas en los intermitentes. Una foto de Haris Pilton en el retrovisor. El sujetador de una ex compañera de clase en la parte trasera; en el suelo, ahí, solo, de color rojo pasión, como poseyendo un espacio que no le pertenece pero que silenciosamente acoge con lujuria su presencia. Cualquier cosa que haya cubierto unas tetas merece ser tratado con la máxima alevosía (como mis manos, por ejemplo). En lo referente al techo, le instalé una parabólica conectada que pilla imágenes de un planeta cercano a Plutón no descubierto por nadie (lo siento por los últimamente famosos astrólogos amateurs, aún les queda mucho por aprender, con el ácido, me refiero). Le puse algunas cosas más, de menor importancia.




En realidad, todo lo que le puse pasó a mejor vida a las pocas horas. Botella de brandy en mano, gafas de sol, boina negra, radio encendida con música de Crystal Castles y algunos versos del poeta sociópata de mi barrio, me lancé a recorrer las calles de la ciudad dando trompazos y tocando el claxon a las chicas guapas que llevaban banderas de la mani. Todo era como anti-festivo. El mal rollo se respiraba en cada poro de la ciudad. Tiendas medio cerradas, bancos pintados (oh, qué placer). Ya en el centro la movida era considerable. Me abrí paso entre los manifestantes con mi furgón. Al estar pintado de tan bizarra manera no recibí bochornos en exceso. El esperpento cae casi siempre simpático.

Ya integrado en el epicentro de la movida huelguista, opté por sacar el megáfono y gritar en alemán. Dije cosas como:

Patatas fritas. Me duele el pie. Tonto el último. Mira, este árbol no tiene agua. 

Ante el griterío general mi libre asociación de chorradas no levantó demasiada expectación. Así que puse techno, y la gente me siguió más.

Con el ambiente ya en su punto al más puro estilo spaghetti dente aceleré impetuosamente hacia los polis feos. Empotré mi furgón contra algo pero no sabía el qué porque cerré los ojos y pensé en una playa de Miami. Eso sí, el turbo instalado a primera hora funcionó de maravilla. Minutos después me desalojaron unos amigos con el helicóptero.

Lo demás ya lo habéis leído en la prensa.



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