No pudo terminar el café, aunque le puso dos cucharadas de azúcar y antes había hecho gárgaras con flúor; la infección bucal era insoportable.
Tenía cuatro e-mails sin leer. El control anti-spam ya no daba para más, siempre se colaba alguna capullada. Esta vez, le proponían comprar un terreno en una isla remota de Tailandia, chatear con rubias sumisas del Este durante un mes por 10 $ y contratar un seguro para accidentes laborales.
Solo un mail iba dirigido personalmente a él. Kathy, su asesora legal y abogada, le informaba que tendría que pasar por juicio un día del mes siguiente, aún por confirmar. Le decía que había hecho todo lo posible para alegar defensa propia y que había sido provocado con "piedras, insultos y blasfemias". Eso no bastaba, según el abogado defensor, para llegar a un acuerdo económico y olvidarse de seguir con trámites judiciales. Habría que ir a juicio, y no había otra opción.
Recordaba perfectamente como había sacado su puño de hierro de la guantera del coche al ver un par de jóvenes borrachos enseñándole el culo y tirándole piedras desde la cuneta de la carretera, justo al salir del bar. Los otros recuerdos que tenía eran el fuerte golpe que recibió el capó de su coche al impactar con uno de los dos jóvenes, que no había podido escapar porque llevaba los pantalones bajados. El siguiente recuerdo que tenía, era vislumbrando unas luces azules y rojas acercándose desde lo lejos. Todo lo demás, el litro de tequila que llevaba en el cuerpo aquella noche se había ocupado de borrarlo.
Tenía la boca pastosa, mal aliento, los labios hinchados. Se acercó al baño, levantó la taza del váter y escupió. Entre la saliva amarillenta se mezclaba algo de sangre de un tono oscuro, casi coagulada. El conglomerado se hundió en el agua, junto con un par de colillas y ceniza que había tirado la noche anterior.
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