Lo que no sabía Jordi, es que algunos de sus clientes comparaban la cara del cerdo con la suya, y se mofaban a sus espaldas mientras cortaba silbando unos bistecs de ternera gallega. Aunque se rieran de él, al menos no le tiraban bolas de papel ni tizas; ahora era alguien.
Cuando Jordi conoció por Internet a una chica de Botswana, y se conocieron y se casaron y ella vino a vivir a España, todavía no sabia que su carnicería daría un giro exótico. Su mujer, cuyo nombre tardó varios meses en pronunciar correctamente, le propuso ampliar la gama de productos de su carnicería; ella también quería participar en el lucrativo negocio y ayudarle en lo que pudiera con sus conocimientos sobre carnes lejanas. La mujer realizó una búsqueda exhaustiva por Internet (que sabía manejar sobradamente) y habló con algunos antropólogos de prestigio ( haciéndose pasar por redactora de una revista especializada en fauna africana) y finalmente elaboró un informe para su marido. Después de estudiarlo minuciosamente, llegaron a varias conclusiones; importarían carne de mono de Africa Central y carne de camello de Sudán.
Y así fue como la O de Jordi siguió siendo una cara de cerdo, y la I final se convirtió en una liana verdosa con un mono con cara de energúmeno balanceándose, impulsado por un pequeño motor eléctrico.
3 inputs:
Jajjaja. Por un momento pensé que iba a incluir entre sus productos la bolsa escrotal del entrañable carnicero cara-de-cerdo.
Buenos e imaginativos días! Son las 7.52 de la mañana y me alzo en favor de la venta del escroto del ya popular carnicero j^O^rdi. Bocatto di cardinale, baby.
Southmac: tienes razón, este relato es demasiado naïf, me ocuparé de que el próximo tenga algún detalle más desagradable ( o agradable, según como se mire).
George: el escroto de un gordo como Jordi debe ser apetitoso y gustoso, sin duda.
Publicar un comentario en la entrada